La nueva situación que entraña
la naciente "cultura digital" repercute
sobre la acción educativa.
Se acentúa por ello la percepción
de que la educación está
en crisis. Aunque reconozcamos el
abuso en que incurrimos al hablar
tanto de "crisis", lo cierto es
que no cabe esperar que, en sus
prácticas y en su organización
institucional, la educación siguiera
como si nada estuviera pasando
cuando precisamente constatamos
la crisis de la modernidad
-y nuestra escuela es un "producto
moderno"-, la revolución informacional
y el desarrollo de
las nuevas tecnologías. Para colmo,
en el marco socioeconómico en
que estamos se presenta un factor
añadido de crisis del Sistema
Educativo: su pérdida de credibilidad
al fallar como vía de promoción
social.
En educación están en revisión
los modos de socialización, los
métodos de enseñanza y sus "contenidos
", el papel del profesor,
la responsabilidad de los padres,
la función del Estado y
hasta el quehacer de los alumnos.
Viniendo de atrás, todo ello se
agrava con la "cultura digital"
que va empapando toda nuestra
realidad social. Es verdad que
dicha cultura, apoyada sobre los
medios informáticos y telemáticos,
va dando lugar a una nueva
"sociedad de la
información" en
la que son posibles
nuevos
logros tecnológicos,
mayor
producción de
riqueza, relaciones
sociales
más fluidas y formas inéditas de
participación democrática. Pero
la tecnología que hace posible
todo eso es ambigua y también da
lugar, como reverso de lo anterior,
a nuevas formas de dependencia
tecnológica, a la aparición
de "nuevos pobres" ubicados
en el peor lado de las desigualdades
sociales, a nuevos modos de
manipulación de la opinión, e incluso
a ese proceso de globalización
que está configurando un
mundo interrelacionado como nunca
antes, pero también escindido
como en ningún otro momento de la
historia. Por eso, es ingenuo
sorprenderse de una "crisis de la
educación" a la que contribuyen
la saturación informativa, la decantación
unilateral de la enseñanza
hacia lo tecnológico, las
necesidades de un mercado muy
competitivo, la fragmentación
social y el individualismo insolidario
que surge de ella, el
desconcierto que producen tantos
"valores" colisionando entre sí
y, en el fondo, la carencia de un
sentido que transmitir, sin el
cual la acción educativa se hunde
en el vacío.
No escapa a la mirada crítica
que, si las nuevas tecnologías
traen consigo posibilidades pedagógicas
inexploradas, también
comportan riesgos de un "fetichismo
tecnológico" frente al
cual hay que andar vigilantes.
Para sacar a
la educación
de su crisis
no basta el
mero suministrar
ordenadores
a
los centros
-lo cual,
sin tener claro para qué, puede
convertirse en "una solución a
la búsqueda de problemas"-, ni
siquiera el conectar masivamente
a alumnos y alumnas, o a las familias
incluso, a la red. Si ello
no se acompaña de una sólida formación
crítica, no servirá más
que para incrementar las avalanchas
de datos que no valen para
nada.
En la situación actual, para que
no sean fraudulentas las declaraciones
de igualdad de oportunidades,
hay que acompañarlas de
medidas que hagan posible una
efectiva igualdad de acceso -
también a nuevos medios como Internet
-. Tal exigencia de igualdad
requiere, para ser
satisfecha en beneficio de todos
-sin exclusiones que alimenten
por anticipado la segregación
social-, facilitar conocimientos
adecuados y la adquisición de
habilidades (también informáticas),
pero no puede faltar el
proporcionar un marco de referencia,
un bagaje de enfoques e
ideas que permitan el juicio
crítico, y una formación moral
que propicie actitudes solidarias
y de respeto hacia los demás.
La educación no puede reducirse
a una enseñanza orientada según
criterios tecnocráticos -sutilmente
escorados hacia la preparación
profesional de quienes
nutrirán la minoría
de "expertos
", por un
lado, y, por
otro, a la capacitación
laboral
de los
demás para realizar
las diversas tareas que,
en condiciones precarias, demandará
un mercado de trabajo flexibilizado
al máximo-. Por el
contrario, la educación ha de ir
encaminada a la formación integral
de cada individuo, lo que
incluye, además de una enseñanza
de calidad que a nadie se hurte,
un aprendizaje de la convivencia
que implique a todos, incluyendo
la imprescindible educación para
la ciudadanía democrática.
Es de justicia una educación que atienda integralmente a todos sin exclusión, y en función de ese principio de equidad contrario a cualesquiera formas de discriminación -en ningún caso hay que dejar que se camuflen bajo la "atención a la diversidad"- hay que pensar los cambios que precisa el Sistema Educativo. Desde ese carácter prioritario de las razones de equidad es como cabe plantear coherentemente cualquier debate sobre la calidad de la educación en sociedades secularizadas y pluralistas dotadas de democracias constitucionales. Si no es así, cualquier pretendida reforma, por mucho que se adorne ideológicamente, no es más que encubierta "contrarreforma" que nos pone en dirección contraria a la que, educativa y políticamente, deberíamos ir como sociedad dispuesta a mejorar la convivencia y a humanizar nuestra civilización tecnológica.
Si hablamos de "calidad de educación" -y es patente que está en el orden del día-, hemos de tener cuidado de no sucumbir a la calidad como ideología, es decir, como tapadera de interés de clases y grupos sociales que, imbuidos de la cultura de la satisfacción que adorna su modo de vida, apelan a la necesaria calidad de la enseñanza, aduciendo que ya se han cubierto los objetivos cuantitativos de su extensión universalizada, para despedirse de exigencias igualitarias y defender las expectativas excluyentes que mantienen para sus hijos.
No hay que perder de vista, además, que el discurso sobre la calidad tiene sus orígenes en la actividad económica del mundo empresarial, y que al adoptarlo si las suficientes cautelas se corre el peligro de traspasar al ámbito educativo los criterios economicistas que rigen un mercado muy competitivo. Tal peligro adquiere concreción amenazante para la educación y sus objetivos por muy diferentes vías. Una de ellas, por ejemplo, es el dotar al Sistema Educativo de pautas de gestión y evaluación propias de la empresa privada, y ajenos por tanto a la participación democrática que han de tener los miembros de la comunidad educativa en una práctica que no puede dejar de ser dialógica. Otra, citando un caso distinto, es la que consiste en legitimar un sistema falsamente meritocrático en nombre de una "cultura del esfuerzo" que -bajo capa de la disciplina y el trabajo necesarios para el aprendizaje- funciona como coartada que oculta desigualdades sociales a la raíz de los diferentes rendimientos académicos, para echar sobre las espaldas de quienes "fracasa" la culpa por la injusta asimética que padecen.
Hablemos de calidad de la educación, pero sin trampas ideológicas. El tema reclama un debate en serio en el que intervengan los protagonistas de la educación y la ciudadanía en su conjunto, pues la opinión pública no debe ser espectadora pasiva en una cuestión que ha de ser prioritaria en el preocupación social y en la atención política. Para ese debate, el punto de partida es: sin equidad no es posible la calidad de la educación necesaria en la "sociedad de la información" que se está gestando.
JOSE A. PÉREZ TAPIAS.
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