En la exposición de motivos que justifican e introducen la nueva Ley de Educación se destaca la formulación explícita del marco general en el que debe plantearse la educación en valores como principio de calidad. Concretamente se dice lo siguiente:

El logro de una educación de calidad para todos, que es el objetivo esencial de la presente Ley, es un fin cuyas raíces se encuentran en los valores humanistas propios de nuestra tradición cultural europea [...].
El impulso reformador que la Ley promueve se sustenta en la convicción de que los valores del esfuerzo y de la exigencia personal constituyen condiciones básicas para la mejora de la calidad del sistema educativo, valores cuyos perfiles se han ido desdibujando a la vez que se debilitan los conceptos de deber, de la disciplina y del respeto al profesor.
En cuanto a los valores, es evidente que la institución escolar se ve considerablemente beneficiada cuando se apoya en un consenso social, realmente vivido, acerca de ciertas normas y comportamientos de las personas que, además de ser valiosos en sí mismos, contribuyen al buen funcionamiento de los centros educativos y favorecen el rendimiento. Pero, sin ignorar el considerable beneficio que, en lo concerniente a la transmisión de valores aporta a la escuela el apoyo del medio social, el sistema educativo ha tenido, tiene y tendrá sus propias responsabilidades, de las que no puede ni debe hacer dejación. En este sentido, la cultura del esfuerzo es una garantía de progreso personal, porque sin esfuerzo no hay aprendizaje.
Por eso, que los adolescentes forjen su futuro en un sistema educativo que sitúa en un lugar secundario esa realidad, significa sumergirles en un espejismo que comporta, en el medio plazo, un elevado coste personal, económico y social difícil de soportar tanto en el plano individual como en el colectivo.
Es precisamente un clima que no reconoce el valor del esfuerzo el que resulta más perjudicial para los grupos sociales menos favorecidos. En cambio, en un clima escolar ordenado, afectuoso pero exigente, y que goza, a la vez, tanto del esfuerzo por parte de los alumnos como de la transmisión de expectativas positivas por parte del maestro, la institución escolar es capaz de compensar las diferencias asociadas a los factores en el origen social.
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En esta exposición se formulan dos consideraciones que merece la pena destacar:
La educación en los valores humanistas constituye la raíz, o el fundamento, de lo que ha de entenderse como una educación de calidad para todos.
En el contexto de esos valores se resalta el reconocimiento del valor y de la cultura del esfuerzo y de la exigencia personal como condiciones básicas para la mejora del aprendizaje y, en consecuencia, de la calidad del sistema educativo. («La cultura del esfuerzo es una garantía del progreso personal, porque sin esfuerzo no hay aprendizaje»).
Estas concreciones consideramos que son necesarias y oportunas en particular para poder afrontar la crisis que efectivamente se detecta, dentro del Sistema Educativo, respecto a la interiorización y la práctica responsable, por parte de los alumnos y de las alumnas —especialmente de Educación Secundaria—, de conceptos tan básicos como el cumplimiento del deber, la disciplina y el respeto al profesorado.
En ese sentido pensamos que incidir, en estos momentos, en el valor y en la cultura del esfuerzo y de la exigencia personal es muy oportuno y necesario.
Ahora bien, ¿cómo pueden hacerse operativos esos principios?, ¿cuáles son las medidas que se adoptan, en la nueva Ley, para hacerlos realidad en el día a día de la vida escolar?
A la búsqueda de una respuesta a estos interrogantes, seguimos adentrándonos en el análisis de la Ley de Calidad.
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