Estamos en una sociedad en la que hay que hablar de calidad para ser considerados alguien. Este término, cual agua purificadora, oculta en unos casos la ignorancia y en otros la fatuidad. Apenas encontramos tareas y funciones en que no aparezca la calidad como tópico. Un economista ha de tener un plan de inversión de calidad; el empleado de banca participa en círculos de calidad, etc. A esta tendencia no se han sustraído ni los centros escolares ni la Administración educativa; los primeros hablan de planes de mejora y la Administración nos ofrece la Ley de Calidad de la Educación como un regalo de Navidad (BOE del 24 de diciembre de 2002).
El Ministerio no define en la nueva ley (LOCE) qué entiende por educación de calidad, sin embargo, analiza algunos factores que se supone la condicionan y cuyo apuntalamiento o eliminación aumentará las probabilidades de obtener una educación mejor.
Así, en la exposición de motivos de la Ley, sostiene que las medidas encaminadas a mejorar la calidad de la educación se asientan en cinco pilares: la personalización de valores; la mejora de los resultados; la oferta educativa para la diversidad de intereses del alumnado; la formación, el estímulo y apoyo al profesorado y la autonomía de los centros.
Junto a estas grandes metas, la Ley enumera otros objetivos más concretos, como: prevenir y reducir las tasas de fracaso escolar y de abandono del sistema; incorporar al sistema educativo la etapa Preescolar (0-3 años); generalizar y concertar, en su caso, la Educación Infantil (3-6 años); adelantar el aprendizaje de la lectura y escritura y de las habilidades numéricas básicas; apoyar y estimular la lectura en todas las etapas; elevar el nivel de conocimientos del alumnado y ampliar la atención continua a las personas adultas. Los pilares y los objetivos citados delimitan la idea que la Administración tiene de la educación de calidad.
¿Qué debemos entender por educación de calidad? ¿Cómo definir el concepto a la luz del análisis de la Ley? ¿Cómo conseguirla y cómo comprobar que se ha conseguido?
Podemos considerar que una educación es de calidad cuando proporciona a los ciudadanos los recursos instrumentales, emocionales, intelectuales y volitivos que le capacitan para su mejora permanente y para integrarse de forma activa en la sociedad.
Una educación así dota al individuo de los recursos que le dan máxima autonomía y «a la sociedad de un instrumento eficaz para compensar desigualdades y para contribuir a la cohesión, a la integración social y al progreso de todos». (Manifiesto por una educación de calidad para todos).
El Estado tiene la obligación de proporcionar a cada ciudadano los recursos citados en las mejores condiciones para que pueda personalizarlos y aplicarlos. La eficacia de este proceso interactivo requiere objetivos claros y una metodología adecuada en el profesorado, y madurez cognitiva, interés y voluntad en el alumnado.
En el bagaje de recursos instrumentales encontramos aquellos que son imprescindibles para adentrarse en el mundo del saber, como hablar, leer, escribir con habilidad, soltura y riqueza de vocabulario; expresar las ideas y los pensamientos con estructuras lingüísticas correctas y dominio ortográfico; usar las técnicas de estudio y aprendizaje generales y las específicas de cada materia, etc. En general, todo lo que dé autonomía al estudiante para aprender. La LOCE da gran importancia a la lectura y al fomento de la misma en todas las etapas del sistema educativo.
Los recursos intelectuales con los que una educación de calidad debe dotar al ciudadano son, entre otros, la memoria selectiva, la imaginación creadora, la curiosidad verificadora, la inteligencia en sus distintas manifestaciones (lógica, abstracta, numérica, espacial, verbal, figurativa, convergente, divergente, etc.), la capacidad de juicio y raciocinio, el rigor conceptual, la creatividad, el espíritu crítico y divergente. Son recursos que le ayudan a aprender, fijar lo aprendido, evocarlo y aplicarlo funcionalmente.
Los recursos emocionales hoy cobran especial relevancia en la configuración de la personalidad. Domesticar los sentimientos y los impulsos no es destruirlos, sino enseñar que la ira, el odio, la venganza, la intolerancia, la desesperación o la tristeza, etc., no son adecuados y deben ser sustituidos por el diálogo, la tolerancia, la confianza en sí mismo, la autoestima, la empatía y la participación en la alegría y en el dolor de los otros. Las habilidades de la inteligencia emocional son, según Coleman, sinérgicas respecto a las cognitivas.
Finalmente, en el concepto de educación de calidad que hemos dado encontramos los recursos volitivos que son los que más eco han tenido en la presentación de la LOCE.
Las propuestas de mejora que hace la Administración en la nueva Ley las sustenta en la convicción de que los valores del esfuerzo, de la exigencia personal, de la constancia en la consecución de los objetivos, del ánimo superador de fracasos, de la disciplina y del respeto mutuo entre el profesorado y el alumnado, constituyen condiciones básicas para la mejora del sistema educativo. Así lo entiende la Vanguardia (27/7/2002) que dice, comentando este aspecto de la ley: «El esfuerzo es una virtud cardinal en la formación de los ciudadanos responsables, uno de los grandes objetivos finales de todo Estado al orientar su sistema educativo. Un valor, el del esfuerzo, que ha quedado disociado de la enseñanza en algunas etapas recientes».
El esfuerzo no solo es exigible al alumno, sino que se ha de reclamar en igual medida al profesorado, a las familias, a la sociedad y singularmente a la Administración.
La cultura educativa del esfuerzo así entendida es una garantía del progreso personal. Si el esfuerzo por sí mismo no genera calidad, sin él, sin embargo, no hay aprendizaje. Cuando esta cultura se olvida o se relega a un lugar secundario, se sitúa al alumnado en un espejismo (mundo irreal), reino de la superficialidad, de la confusión conceptual, de la fabulación, de la insumisión escolar, de la indisciplina, del menosprecio a la autoridad, etc. El alumnado no se siente obligado a nada, ni asume ninguna responsabilidad.
Todo esto se traduce, a medio plazo, en un alto coste personal, familiar, económico y social difícil de soportar y que genera desajustes críticos en las familias y entre los individuos y la sociedad, perjudicando de manera especial a los grupos sociales menos favorecidos.
Sólo la simbiosis de las medidas y los objetivos, recogidos en la LOCE, y la cultura del esfuerzo que se pide a todos los agentes de la educación darán como resultado una educación de calidad cuyo efecto final debe ser una persona que sepa ser su propio instructor y educador; capaz de aplicar sus conocimientos y habilidades de forma eficaz; que identifique sus necesidades y las de la sociedad en la que vive y el modo de satisfacerlas; que aprenda de sus errores y convierta los fracasos en nuevas oportunidades para superarse y que vea en cada día, con sus dificultades, un nuevo incentivo para su inteligencia y voluntad.
A esta búsqueda de la calidad por el esfuerzo nos invitan las siguientes palabras de Pablo Neruda:
«Acepta la dificultad de edificarte a ti mismo y el valor de empezar corrigiéndote. El triunfo del verdadero hombre surge de las cenizas de su error.
Nunca te quejes de tu soledad o de tu suerte, enfréntala con valor y acéptala. De una manera u otra es el resultado de tus actos y prueba de que tú siempre has de ganar.
Levántate y mira el sol por las mañanas y respira la luz del amanecer. Tú eres parte de la fuerza de tu vida, ahora, despiértate, lucha, camina, decídete y triunfarás en la vida; nunca pienses en la suerte, porque la suerte es el pretexto de los fracasados».
Carlos Arribas.
Inspector.
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