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Emoción y Aprendizaje

8 mayo 2019

Francisco Mora explica como en el estudio de la conducta, aprendizaje y emoción son un binomio inseparable e indispensable.

Francisco Mora
Catedrático de Fisiología Humana (UCM)
Doctor en Medicina (Universidad de Granada) y doctor en Neurociencia (Universidad de Oxford)

La palabra emoción tiene un origen latino. La etimología de esta palabra: emotio-emotionis, hace referencia, esencialmente, al movimiento, movimiento hacia afuera del organismo, a la realización de un determinado tipo de conducta. La emoción es ese motor que todos llevamos dentro, que nos empuja y nos hace reaccionar ante diferentes tipos de estímulos (productores de dolor o placer) provenientes del medio ambiente o de la memoria. Son mecanismos y procesos cerebrales inconscientes necesarios para sobrevivir y comunicarse con todo lo que nos rodea, sean congéneres o no. Además, estos mecanismos se realizan en el menor tiempo posible, de ahí, como acabo de señalar, su valor intrínseco para mantener la supervivencia del individuo. Asimismo, son procesos que se ponen en marcha a través del sistema neurovegetativo o autónomo en sus dos divisiones «simpática» y «parasimpática». 

La emoción nació propiamente en el cerebro de los mamíferos hace más de docientos millones de años, de ahí que en todos los mamíferos (y el ser humano lo es) esté anclada en su más profunda naturaleza biológica. De hecho, estudios recientes han podido trazar la aparición de las raíces más primigenias de la emoción en los invertebrados que no poseen cerebro sino acúmulos de neuronas (ganglios) hace cuatrocientos cincuenta millones de años.

Hoy sabemos que las emociones se elaboran en el llamado «cerebro límbico» o «cerebro emocional» que es como un cerebro dentro del cerebro. El cerebro límbico está constituido por estructuras como el hipotálamo, el núcleo accumbens, el septum, la corteza cingulada, el hipocampo etc. Estas estructuras poseen conexiones hacia otras regiones cerebrales sean corticales (corteza cerebral), sean del mesencéfalo (proyecciones de los núcleos conteniendo neuronas que sintetizan los neurotransmisores dopamina, noradrenalina o serotonina).

Francisco Mora

Francisco Mora es doctor en Medicina por la Universidad de Granada y en Neurociencia por la Universidad de Oxford, ha sido Catedrático de Fisiología Humana en el Departamento de Fisiología de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y ex-Profesor del Departamento de Fisiología Molecular y Biofísica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Iowa (USA). Actualmente es Profesor Honorífico de Fisiología Humana del Departamento Fisiología de la UCM y miembro de la Real Academia Nacional de Medicina.

Entre sus obras se encuentran las obras: Neuroeducación (2013),  Cómo funciona el cerebro (2017) y Mitos y Verdades del Cerebro: Limpiar el mundo de falsedades y otras historias (2018).

En el cerebro humano, los procesos emocionales (inconscientes) influyen en el funcionamiento de casi todas las áreas, redes y circuitos que codifican, no solo para las reacciones emocionales (vegetativas o autonómicas y motoras) más arriba descritas, sino también a la corteza cerebral en sus áreas de asociación. Redes neuronales, estas últimas, que codifican para los procesos cognitivos, es decir, los sentimientos (la consciencia de una emoción), el pensamiento, el lenguaje y la lectura. Esto justificaría aquellas palabras de O. Wilson escritas en el año 1998 señalando, de un modo un tanto poético, que «sin el estímulo y guía de la emoción el pensamiento racional se enlentece y desintegra. La mente racional no flota por encima de lo irracional; no puede liberarse y ocuparse sólo de la razón pura. Hay teoremas puros en matemáticas, pero no pensamientos puros que los descubran». Sin duda, la emoción sigue embebiendo el cerebro racional del hombre.


No hay razón, sin emoción.


Y es que nuestro cerebro, el cerebro humano, está organizado de modo que toda la información sensorial, todo lo que procede del mundo, tras ser procesado y elaborado por las correspondientes áreas sensoriales de la corteza cerebral, entra en el sistema límbico en donde esa información adquiere un significado placentero, doloroso, bueno o malo. Y es después cuando esta información pasa a las áreas de asociación de la corteza cerebral en donde se elaboran los conceptos y las ideas. De modo que hoy se considera que el pensamiento ya se construye con ideas que poseen un significado emocional. De ahí que no haya razón sin emoción.

Y todo esto tiene un enorme significado para los procesos de aprendizaje y memoria. De hecho, lo que mejor se aprende es aquello que es transportado por la alegría, por el placer. Lo que mejor se memoriza es aquello que ha tenido un alto colorido emocional. Y es de este modo que aprender y memorizar bien, es decir, conscientemente (memoria explicita, memoria episódica) solo es posible hacerlo si se tiene un foco de atención preciso y, esto último, nunca se alcanza sin ese «trozo de emoción» que es la curiosidad («chispazo emocional»). Esto último es uno de los grandes capítulos que es necesario conocer para entender bien tanto la instrucción (aprendizaje y memoria) como la propia educación (valores, normas, hábitos éticos) en los colegios y universidades. 

En definitiva, como señaló el gran neurocientífico de Oxford, Charles Sherrington: «Sin la emoción, el hombre no podría soñar ni cumplir las expectativas de vida que anhela».