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Muertos, autómatas y momias de la mano de Benjamin Lacombe

8 enero 2019

Benjamín Lacombe nos sorprende con este segundo volumen de cuentos macabros de Edgar Allan Poe. Temblaremos con unos relatos llenos de historias inquietantes, tétricas y extrañas, donde la muerte y lo sobrenatural son los principales protagonistas.

Llega a nuestras manos esta magnífica edición en la que coinciden dos estrellas de la literatura de todos los tiempos: Edgar Allan Poe, autor de los cuentos, y Julio Cortázar, su traductor, y se engalana. con el broche de la espectacular ilustración de Benjamin Lacombe. Sin duda, un gran comienzo. 

Poe nació en Boston en 1809; fue escritor y periodista reconocido, pero para muchos sus cuentos son su mejor aportación a la literatura universal. Sus padres habían muerto cuando él era un niño y fue acogido por un adinerado matrimonio, los Allan, que nunca le adoptaron legalmente. Su relación con ellos se rompió pronto debido a las continuas desavenencias con su padrastro. Su carrera literaria se estrenó con un libro de poemas, pero pronto, y por motivos económicos, se centró en la prosa y empezó a escribir relatos y crítica literaria para algunos periódicos de la época. Vivió en distintas ciudades debido a su trabajo y, en Baltimore, contrajo matrimonio con una prima que sólo tenía trece años y que falleció de tuberculosis un año después, lo que marcó profundamente a Poe. En 1849 moriría él también con poco más de cuarenta años.

Julio Cortázar (1914-1984) confesó que de niño había despertado a la literatura moderna en el momento en que leyó los cuentos de Poe. A mediados de los cincuenta se fue de vacaciones a Italia para traducirlos, un trabajo que le llevaría nueve meses. Llevó también a cabo una clasificación y los ordenó según el tema: cuentos de terror, sobrenaturales, metafísicos, analíticos, satíricos, grotescos… Los que están recogidos en esta edición son una selección de los de terror o cuentos góticos, su obra más conocida y original.

Pero además del texto, el libro se convierte en un regalo para la vista gracias a las sugerentes ilustraciones de Benjamin Lacombe. La edición es una caja de sorpresas; hay que disfrutar de cada página, sin dejar escapar ningún detalle. La portada, así como los cantos, son un mar de negro. Destaca en ella el romántico retrato del autor coronado por un título cuyas letras parecen deshacerse ante nuestros ojos. Encontraremos cuentos de páginas negras con letras blancas y cuentos blancos con impresiones negras. Todo el texto está salpicado de oníricos dibujos, composiciones surrealistas o sencillos apuntes gráficos.

Si, llegado este punto, no nos da miedo adentrarnos en su lectura cabalgaremos a lomos del peligroso caballo de Metzengerstein, un corcel indomable que le conduce a la perdición. Sufriremos con la temprana muerte de la joven e inocente doncella Eleonora que parecía haber sido creada con una belleza tan perfecta sólo para morir. En «El jugador de ajedrez de Maelzel» entenderemos el funcionamiento de una máquina, que existió de verdad, construida por el barón Kempelen capaz de jugar al ajedrez. Compartiremos mesa con dos marineros, Patas y Tarpaulin, que una noche, después de huir de una taberna del puerto de Londres, se adentran en una zona de la ciudad devastada por la peste. Avanzando entre podredumbre y cadáveres entran en una tienda de pompas fúnebres donde se topan con el rey Peste y su extraña familia. Terrorífico es el retrato de la protagonista de «Conversación con una momia» del que casi percibimos el perfume del alcanfor. Por último, en «Manuscrito hallado en una botella», participaremos en un accidentado viaje donde, después de una terrible tormenta, el joven protagonista avanza a toda vela con rumbo desconocido hacia un fantástico desenlace. 

Tenemos entre las manos un libro imprescindible, un capricho para los seguidores de Poe y también para los de Lacombe. Seguro que, en algún momento de su lectura, un escalofrío recorrerá nuestra espalda.