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Patxi Zubizarreta, un autor atento y comprometido con la realidad

19 noviembre 2019 | ENTREVISTA

Entrevistamos al escritor guipuzcoano con motivo de su reciente premio Euskadi de Literatura Infantil y Juvenil en euskera por la obra «Korri, Kuru, korri!», editada en castellano por Edelvives con el título «¡Corre, Kuru, corre!».

La ceremonia de entrega tuvo lugar ayer, 18 de noviembre, en el Centro Internacional de Cultura Contemporánea Tabakalera de San Sebastián. Se trata del segundo galardón que Zubizarreta recibe por esta obra, ya que en 2018 obtuvo el XXIX Premio Ala Delta de Edelvives por su versión en castellano. 

¡Corre, Kuru, corre! presenta dos historias paralelas: por un lado, un relato inspirado en el viaje de la jirafa Zarafa, que en 1827 fue enviada como presente por el pachá egipcio Mehmet Alí al rey de Francia. La jirafa cruzó el Mediterráneo y atravesó Francia hasta llegar a París acompañada de un curioso séquito de personas y animales. Por otro lado, nos narra la odisea de Kuru, un niño migrante, desde que partió de Etiopía hasta que alcanzó las costas españolas.

¿Qué te impulsó a escribir la historia de Kuru? ¿Está basada en un personaje real?
En 2017, dentro de las Jornadas de Derechos Humanos y Migraciones de Motril, tuve la suerte de ofrecer un recital titulado El vuelo de la cigüeña en compañía de la pintora Leticia Ruifernández y del violinista Manuel Montiel. Allí conocí a un chico de origen gambiano llamado Yoro —Alhagie Yerro—, con ese nombre que refleja y sugiere tan bien lo que fue su travesía de cuatro días en cayuco hasta las costas de Canarias. El salitre se convirtió en parte de su sangre, pero después tuvo que sufrir una pesadilla casi peor de 35 días en el Centro de Internamiento para Extranjeros de Fuerteventura. A pesar de todo, me encontré con un joven lleno de luminosidad, vitalidad, energía. Más adelante, llegaría a hablar de su experiencia en el Parlamento Europeo, en Bruselas, y se convirtió en el protagonista del documental Yerro, capitán de su destino. Su historia me conmovió y me motivó tanto que Yoro es Kuru para mí.

¿Por qué te planteaste presentar la historia de Kuru paralelamente a la de la jirafa? 
En realidad, yo conocía la historia real de Zarafa, una jirafa que había atravesado el Mediterráneo en 1827. Se trataba de la cría que un pachá egipcio quiso regalar a los reyes de Francia, y me atraía contar su largo viaje desde Etiopía hasta París. La escena de la caravana que atraviesa Francia es muy visual para mí: un gendarme a caballo que abre la expedición, dos carneros de Córcega, dos antílopes africanos, seis vacas —su leche constituía el alimento principal para la jirafa—, Zarafa, dos caballos pura sangre, un biólogo francés postrado en un carro y, finalmente, otro gendarme a caballo cerrando el séquito. Pero precisamente en Motril descubrí que la jirafa podía convertirse en una alegoría que reflejara la vida de personas como Kuru: al final, ambos comparten los sueños y la soledad, los anhelos y la desesperanza. Me pareció que esa historia podía convertirse en una metáfora y en un grito. Por desgracia, el Mediterráneo está más lleno de historias que de agua…

¿A qué se refiere el título del libro: ¡Corre, Kuru, corre!?
Cuando Yoro consigue llegar a una playa de Tenerife, la primera palabra que escucha en castellano es «¡corre!». Él pensaba que se trataba de un saludo de bienvenida, algo relacionado con la hospitalidad o el recibimiento, cuando en realidad era un mandato, una advertencia porque la policía ya les seguía los talones… Hay otra palabra que también me conmovió: muchos supervivientes africanos gritan «¡poza!» al pisar tierra firme o cruzar la valla. Es su grito de júbilo que, casualmente, en lengua vasca se dice igual y que significa «alegría».

La emigración, el desarraigo, no son temas fáciles de tratar, especialmente, en obras dirigidas a un público infantil. ¿Por qué te has decidido a hacerlo?
Primero, porque son situaciones que me preocupan a mí, como persona atenta a lo que veo antes que como escritor. En segundo lugar, porque tengo esa oportunidad, la de dar voz a esas personas que no la tienen: somos lo que hacemos, pero también lo que dejamos de hacer. En palabras de Belén Gopegui, en una obra es importante el contenido, también la forma, pero es fundamental el lugar desde donde escribimos. Sinceramente, creo que en muchos libros infantiles sobra el dulce —y lo dice un goloso y un chocolatero incorregible—, pero estoy convencido de que una buena obra debe ofrecer azúcar y sal. De cualquier forma, coincido con Juan Mayorga cuando afirma que nuestro deber es estar atentos al ruido del mundo para ofrecer después su poesía.

En tus obras abordas con frecuencia viajes y peripecias vitales de jóvenes protagonistas. Por ejemplo, en El maravilloso viaje de Xía Tenzin narras la historia de un joven que cruza China para conocer el mar. ¿Por qué te gusta desarrollar estos temas? 
Con el paso de los años me he dado cuenta de que mis libros se sustentan en raíces y alas. Un libro es un pájaro con cien alas, pero también con cien raíces. Me atrae ahondar en nuestro pasado, recoger la tradición oral de las personas mayores, pero creo que todo eso se enriquece con la capacidad de volar, con los viajes, que ofrecen perspectivas diferentes y nos ayudan a relativizar nuestra visión. Me gustan las historias extraordinarias de Marco Polo y me atrae seguir la estela de Simbad el marino. De cualquier manera, después de contar relatos maravillosos como el de Alí Babá terminas descubriendo que en un pueblito cerca de donde nací se cuenta la misma historia —La cueva de los ladrones— y que, al final, todas las historias son universales. Cambian las fórmulas: «¡Ábrete Sésamo!» o «Ábrite portas, clis, clas!», pero ambas narraciones vienen a contar lo mismo, lo que somos.

¿De dónde sacas la inspiración para tus relatos? ¿Siempre partes de personajes o hechos reales, como en el caso de la jirafa Zarafa?
La vida real está llena de motivos: la historia de una niña que fue «olvidada» por sus padres en una gasolinera durante su viaje hacia África, se convirtió en Sola y Sincola; las imágenes impactantes de una guerra en ese continente me conmovieron y de ese sentimiento surgió Usoa, llegaste por el aire. Pero también mis vivencias cotidianas de cuando era niño —y era un niño regordete que disfrutaba con los regalices rojos y sufría en gimnasia— se reflejan en obras como El anillo de Midas. Estar atentos es suficiente para encontrarte con personas o escenas que nos pueden inspirar. Me parece entrañable la historia de Iqbal Masih, aunque tan dramática que yo no me atrevería a escribirla. Me inspira el niño que tenía que salir de noche a hacer los deberes a la luz de una farola porque en su casa no tenían luz o la niña invidente que después de leer un libro mío gracias al alfabeto braille me regaló su dibujo con los protagonistas de la historia.

Tu obra ha sido reconocida con numerosos galardones, entre ellos, cuatro premios Euskadi y dos premios Ala Delta de Edelvives. ¿Cuáles crees que son las claves de la buena acogida de tus libros?
Vivo con la literatura. Sobrevivo haciendo equilibrios varios… Me siento un privilegiado. Pero también atravieso mis desiertos personales y profesionales, aunque de vez en cuando llego a un oasis. Me gusta recordar una costumbre que tienen los beduinos: al atardecer, acostumbran a dejar encendida una pequeña lámpara sobre una duna, como si fuera un faro en el mar de arena. Cualquiera que llegue extraviado al campamento es recibido como un príncipe o una princesa: le agasajan con todo lo que tienen; también se sentirá preso, cautivo ante tantos honores; pero finalmente deberá ser poeta y elegir las palabras adecuadas para expresar su agradecimiento. Príncipe, preso, poeta… Es así como yo me siento con un buen libro entre las manos y como quisiera que se sintieran mis lectores.

¿Cómo es tu relación con los lectores, especialmente con el público infantil y juvenil? ¿Por qué te gusta escribir para ellos?
Mis experiencias con los lectores suelen ser muy gratificantes. A veces ocurren epifanías extraordinarias, momentos de intensa comunicación. Verdaderos oasis. Sobre todo cuando hay una motivación especial por parte de las maestras, las bibliotecarias… Conocí a una chica que escuchaba una vocecita que le susurraba mientras leía; esa voz desapareció al pasar al instituto, cuando tuvo que ponerse a hacer sesudos análisis arbóreos, cuando la obligaron a destripar las figuras literarias y la estructura de los textos. Estoy convencido de que nuestra obligación es despertar esa voz, que no desaparezca. Plantar semillas, como lo hacía el pastor de la Provenza Elzéard Bouffier, El hombre que plantaba árboles.

Tipo : ENTREVISTA