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Tan blanca como la nieve

28 junio 2019

Francesca Dell’Orto ilustra la bella edición de Blancanieves que acaba de publicar la editorial Edelvives.

Blancanieves

Había una vez una bella princesa llamada Blancanieves que perdió a su bondadosa madre días después de su nacimiento. Un año más tarde su padre, el rey, volvió a casarse con una maléfica mujer que, envidiosa de la belleza de la pequeña, la persiguió hasta hacerla desaparecer o, por lo menos, eso creyó. 

Había una vez una bella princesa llamada Blancanieves que perdió a su bondadosa madre días después de su nacimiento. Un año más tarde su padre, el rey, volvió a casarse con una maléfica mujer que, envidiosa de la belleza de la pequeña, la persiguió hasta hacerla desaparecer o, por lo menos, eso creyó. 


Tenemos en nuestras manos una nueva versión ilustrada del cuento clásico de los hermanos Grimm. Jacob (1785-1863) y Wilhelm (1786-1859) fueron filólogos y escritores alemanes preocupados, sobre todo, por la literatura de su país. Se interesaron por los cuentos populares como expresión pura de la cultura nacional y se dedicaron a coleccionarlos popularizando así los relatos orales tradicionales. Entre 1812 y 1815 publicaron dos volúmenes titulados Cuentos para la infancia y el hogar. La colección fue ampliada en 1857 y pasó a llamarse cuentos de hadas; en ella se reúnen títulos tan familiares como Cenicienta, Barba Azul, La bella durmiente, Pulgarcito o nuestra Blancanieves. Parece, según una de las teorías, que para crear este personaje los hermanos Grimm se inspiraron en una mujer real, la baronesa Maria Sophia Margaretha Catharina von Erthal, que sufrió los desprecios de su madrastra. Nacida en el pueblo minero de Lohr, fue dueña de un castillo donde aún se conserva el espejo mágico de la madrastra. Pero ¿qué fue lo que le pasó?

Esta es la historia de una reina que una gélida mañana de invierno, mientras cosía junto a la ventana, se pinchó el dedo con una aguja, al caer las gotas de sangre y manchar la inmaculada nieve deseó tener una niña tan blanca como la nieve, roja como la sangre y negra como el ébano. Su deseo se cumplió, pero ella murió y la nueva reina vanidosa y malvada encargó a un cazador llevarla al bosque y matarla. Ahí empiezan sus ya conocidas peripecias que desembocan en el final feliz, como no podía ser de otra manera.

Tenemos tan asumida la versión de este cuento que hizo Disney que puede resultarnos difícil imaginarlo con una nueva estética. Desde la primera página las ilustraciones desbordan fantasía y todo ello se lo debemos a Francesca Dell´Orto. Nacida cerca de Milán en 1990, estudió diseño y escenografía en la Academia de Bellas Artes de Brera. Antes de dedicarse a la ilustración diseñó vestuarios para la ópera, la televisión, el cine o el teatro. En este cuento consigue que las imágenes se conviertan en una historia paralela, llena de colores y detalles decorativos, que da la mano al texto. Se nota que disfruta especialmente inventando los vestidos y, a través de ellos, construye a las dos protagonistas de la historia. Blancanieves, que representa el concepto de belleza natural, tiene una larga y llamativa cabellera negra y viste un sencillo traje blanco con algunos toques rojos o fucsias. En contraposición, la madrastra representa la belleza artificial, es un personaje elegante y suntuoso y su indumentaria es rica y exagerada como los retratos históricos de corte. Los enanitos son gnomos u hombrecillos del bosque con largas barbas blancas y grandes sombreros que apenas dejan ver sus rostros.

Blancanieves es un cuento clásico de príncipes y princesas que trata sobre la envidia y la vanidad. Pero, más allá de estereotipos trasnochados –los cuentos de hadas son producto de su época–, nuestra protagonista se convierte en la heroína capaz de superar todos los obstáculos, aunque si aún está dormida quizá ni lo recuerde.