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«Ahora me decanto más por la novela juvenil»

5 septiembre 2016

Mónica Rodríguez nos abrió las puertas de «La partitura» y nosotros paseamos, bajo su guía, entre las claves de sus páginas. Dialogamos sobre los delicados temas que trata, sus personajes y su proceso de escritura.

No fue una relación fácil, hubo inquietud y momentos perturbadores. Pero constancia, mucha constancia, y la intuición de que había algo bueno entre las manos.  No, no hablamos de Daniel Faura Ogyon y su relación con Sayá Sansar, ambos protagonistas de La partitura, sino de Mónica Rodríguez y su proceso de escritura con esta novela, ganadora del XVI Premio Alandar. 

En esta entrevista, esta científica escritora, nos presentó la historia de esta novela que fue capaz de conmover a un jurado y, de ahora en adelante, a muchos lectores. Os dejamos con ella. 

¡Hola, Mónica! Una trama compleja, descripciones arriesgadas, temas difíciles…  ¿Es solo una impresión, o La partitura marca un salto evolutivo en tu estilo como escritora? 

He evolucionado muchísimo como escritora en estos siete años que llevo de excedencia dedicándome solo a escribir. Imagino que en La partitura se ve esa evolución. No solo ha cambiado mi estilo, ahora tal vez más firme, más personal, sino que también me decanto más por la novela juvenil y por abordar temas más complejos. Noto que estos años escribiendo me han formado mucho como escritora.

¿Desde hace cuánto tiempo te acompaña esta novela? ¿Cómo se fue tejiendo en tus pensamientos?

Esta novela me acompaña desde hace mucho tiempo y fue tomando diversas formas hasta la actual. Creo que comencé a escribirla en el año 2012, a partir de un dilema presentado en un libro que escribió mi hermano. Quería hablar del amor, de la obsesión, del arte y poner al lector frente a un cuestionamiento moral. Ahí nació el personaje de Daniel Faura Oygón, el compositor que fue creciendo y haciéndose fuerte. Gracias a mis siempre primeros lectores, la novela fue mejorando mucho de una versión a otra. 

¿Cuándo decidiste que estaba lista para ser escrita? 

Consideré que estaba lista en 2013, pero me equivocaba. De hecho, después la modifiqué tanto que cambió la voz narrativa, reescribí una gran parte y escribí otra nueva y hasta le cambié el título. Finalmente, creo que fue en 2015 cuando la di por terminada. Aún así, sufrió muchas correcciones en el proceso de edición. Y estoy segura que volvería a corregir cosas si la leyera, pero no pienso volver a leerla. En cualquier caso ya serían correcciones menores.

¿Cuál fue la o las escenas más difíciles de escribir? ¿Y la que más has disfrutado? 


Difíciles han sido muchas, pero posiblemente a la que más vueltas di fue a la escena en que Daniel está dando una clase particular de piano a una niña que se le insinúa. 

Lo que más he disfrutado es describiendo los pastizales mongoles, cabalgando viendo al cetrero y su ave en esos paisajes inmensos. Nunca he estado en Mongolia, pero siento, a raíz de escribir este libro, que he cabalgado por sus llanuras. 

¿Hubo una labor de documentación? Si fue así, ¿cómo fue y qué  importancia tuvo en el desarrollo de la novela? 

La labor de documentación fue importante sobre todo en relación al periodo histórico que abarca los más de ochenta años de la larga vida de Daniel Faura Oygón, nacido en 1911, y con estancias en España, la Unión Soviética, Mongolia, Viena etc., los paisajes e idiosincrasia de esos países y sus referencias musicales. Leí libros, estudios, periódicos sobre esos periodos históricos, vi documentales, vídeos en youtube, etc.

¿Fue un proceso de escritura tan tormentoso como el argumento?


Sí, realmente lo fue. En particular la vida de Daniel escrita por él. La otra parte, la parte de Marta, fue mucho más serena y creo que eso se nota en el ritmo y la escritura de ambas partes.

Más allá de los procesos de corrección, cuando pusiste el punto final, ¿qué sentiste?

Una enorme satisfacción, claro, pero con prudencia. Ya llevo muchos años escribiendo, a veces obras dignas, a veces no, pero casi siempre que termino un texto siento que he escrito algo grande. La mayoría de las veces no es así y tengo que volver a sentarme a corregir. Pero la satisfacción de haber acabado una novela, aunque después comprendas que no es para tanto, no te la quita nadie.

¿Quién es Daniel Faura Oygon? ¿Y Sayá Sansar? ¿Cómo podrías presentarlos? 


Daniel Faura Oygón es un compositor misógino, egoísta, obsesivo, emocionalmente inestable, generoso, ambicioso... y podría seguir. 

Sayá Sansar es una víctima de sus circunstancias, una mujer con un talento sorprendente, inocente, trabajadora, introvertida... 

¿De quién se enamoró Daniel? ¿De sí mismo, de Sayá, de la música? O, mejor aún, ¿se enamoró? 

Enamorarse es un verbo muy complejo, con muchos matices. Posiblemente Daniel se obsesionó con Sayá, con la posibilidad de convertir su talento en bruto en algo extraordinario, que asombrase al mundo, pero también estaba cautivado por su belleza, por su capacidad de sacrificio. Posiblemente estaba enamorado de sí mismo, de la música, de Sayá. Y ese amor se transformó en obsesión, en tormento. Porque Daniel Faura Oygón no sabía amar. 

Uno de los temas claves de La partitura es la pertenencia, la potestad sobre las obras de arte. De hecho, en el libro se hace referencia a grandes compositores o escritores que pidieron expresamente quemar o destruir su obra después de su fallecimiento y que, en algunos casos, como en el de Kafka, se ignoraron. ¿Las obras de arte pertenecen al autor, a quién está dedicada o al mundo? ¿Has encontrado tú una respuesta satisfactoria?

No, no he encontrado respuesta. A veces pienso que cuando se crea algo capaz de conmover a otros, en el momento en que esos otros sienten a través de esa creación, esta deja de pertenecer al autor. Otras veces pienso que la autoría es del creador, independientemente de lo que pueda provocar la obra en los que la disfrutan.  Aquí entrarían otros muchos matices como, por ejemplo,  ¿qué es una obra de arte?,  O quién decide qué obra de arte merece la pena y con qué criterio. 

A pesar de las pequeñas señales, todo parece indicar que la historia de amor que atraviesa  la novela es tal como la describe el narrador; sin embargo, cerca del final da un giro inesperado. Aparece una voz que desestabiliza las expectativas del lector y abre nuevas posibilidades de interpretación sobre los protagonistas. Como escritora, era posible tomar una resolución más sencilla y convencional dominada por el «felices para siempre», pero escogiste huir de ese camino. ¿Fue algo premeditado o surgió  mientras escribías?

 Absolutamente premeditado y en eso se basaba la novela desde el principio, en las distintas versiones de los hechos, en la verdad. ¿Qué es la verdad? ¿Existe una única verdad? Porque si existiera sería mucho más sencillo enfrentarnos a esos dilemas morales. Pero la vida es mucho más compleja.

La partitura puede ser leída y disfrutada, también, por los adultos. ¿Qué te impulsó a destinarla a los jóvenes?

No está escrita especialmente para los jóvenes. Está escrita. Después, mi campo de acción en la literatura, el que conozco y por donde me muevo, es la LIJ. Por eso, está ahí, pero creo que es una novela que trata temas que interesan a todos, a jóvenes y adultos.

¿Con qué música recomiendas leer La partitura? 

Uy, qué pregunta tan bonita y tan difícil. Nunca había pensado en ello, pero evidentemente yo escuchaba el piano, sonatas clásicas, mientras la escribía. Muchas veces me ponía vídeos de Tiffany Poon, una jovencísima pianista de Hong Kong, que fue mi inspiración para el personaje de Sayá Sansar. Merece la pena escucharla tocar el piano.

¡Gracias, Mónica!