ACTUALIDAD


Aurora o nunca: una crónica de viajeros

24 abril 2018

Diez voces importantes de la literatura juvenil contemporánea se unen en un proyecto común: la invención de la inquietante comunidad de Aurora.

«El mar no es azul. Nunca fue azul. Y menos en Aurora». En el condado de la Serena, en el paralelo 43º norte, una pequeña localidad veraniega esconde un secreto que condena el destino de sus habitantes. Aunque algunos más participaron en el diseño de su arquitectura, la fundación fue obra de diez escritores: Ana Alcolea, Jesús Díez Palma, David Fernández Sifres, Alfredo Gómez Cerdá, Jorge Gómez Soto, Paloma González, Daniel Hernández Chambers, Rosa Huertas, Gonzalo Moure y Mónica Rodríguez. Juntos imaginaron historias y personajes, leyendas y paisajes.

La iniciativa del proyecto fue de Daniel Hernández Chambers, quien propuso el nombre de la localidad en un guiño al best seller La verdad sobre el caso de Harry Quebert. El proceso de escritura fue largo y, aunque gratificante, difícil: «de hecho hemos tardado varios años en llegar a Aurora o nunca, hemos desestimado, incluso, un primer intento que llegamos a terminar», dice Alfredo Gómez. «Tuvimos diferentes ideas a la hora de establecer el sistema de trabajo, desde iniciar un relato y continuarlo por orden, hasta escribir relatos independientes y relacionarlos con posterioridad. Pero queríamos algo que tuviera mucha más unidad. La clave, finalmente, surgió en una cena en Madrid. Necesitábamos conocer qué vertebraba Aurora para que sirviera también para hilar sus historias, y lo encontramos esa noche: la culpa. Aurora es un lugar sometido por la culpa de un pasado que persigue aún a sus habitantes. Decidimos también que cada capítulo debía tratar sobre cada uno de ellos, pero que el libro debía leerse no como un conjunto de relatos sino como una novela», desvela David F. Sifres. «Fue una cena un poco siniestra —ríe Moure— con una tormenta doble: la del naufragio, y la de las ideas».

En Aurora, el naufragio es un tema central: no solo por el barco que aparece y desaparece a voluntad en la leyenda del Livjatan, sino porque sus personajes están a la deriva, perdidos y ahogados por un lugar en el que, como describe Paloma González «parece que los secretos fueran visibles, pero no se mencionan para simular que no existen». Por sus calles caminan personajes como Tesifonte, cuya cordura lo llevó a decidir volverse loco, favorito de varios del equipo y al que Jesús Díez le dedicaría «un libro de memorias»; Agustín Fóquel, un músico casi retirado que logró dirigir la tormenta con su diapasón, y Blanca, perseguida por un mundo invisible, tan temible como real, señalada como una de las preferida por Jorge Soto. En opinión de Rosa Huertas: «Todos los personajes me parecen interesantes; pero hay uno muy importante que da origen a uno de los hilos principales de la trama que, curiosamente, no tiene un capítulo especial dedicado a él. Es el personaje de Eze, un adolescente de origen chadiano, rebelde e inadaptado, crucial en los hechos que se desarrollan». Y es así: las historias de los protagonistas se tocan, se relacionan de alguna manera. «La idea era construir Aurora a través de los personajes y que cada capítulo se relacionase con el siguiente de algún modo —cuenta Mónica Rodríguez—. Tuvimos, por supuesto, que hacer una reunión una vez finalizado el libro para dar coherencia a la novela, ajustar los espacios y los tiempos, hilvanar, suturar, quitar nudos, etc. El título nos lo regaló Raúl Vacas, en una memorable cena de «aurorianos» y «no». Dos años estuvimos trabajando a veinte manos sobre este manuscrito, haciendo y deshaciendo. A diez voces, a veinte ojos… toda una madeja difícil de ovillar».

Gonzalo Moure, añade algo fundamental a las palabras de su compañera: «el proceso se basó en algo fundamental: la confianza, o si se prefiere, el respeto. todo lo que aportaba cada uno, era parte de «la realidad»de Aurora, y de lo que queríamos contar. Daba igual que lo aportado fuera cómico o trágico, todos teníamos la confianza de que aportaba algo fundamental al libro». El comentario de Ana Alcolea, resume la opinión del equipo, para quienes el camino hasta llegar a Aurora, pese a sus dificultades ha merecido la pena: «ha sido muy gratificante compartir la novela con colegas a los que quiero y admiro. Y darme cuenta, cuando la leí entera, de que el resultado era verdaderamente espectacular. Y, por supuesto, la constatación de que se pueden hacer cosas muy grandes cuando se trabaja en equipo».

Mónica Rodríguez

Mónica Rodríguez

Alfredo Gómez Cerdá

Alfredo Gómez Cerdá

Daniel Hernández Chambers

Daniel Hernández Chambers

La atmósfera es la clave de esta novela de ambiente sórdido, abrumador y tenaz. «Lo único que teníamos era la ambientación. No hemos escrito con mapa, sino con brújula» aclara Alfredo Gómez para quien la turbación que despierta el lugar «es algo intangible, que pesa sobre las conciencias de sus habitantes; un destino condicionado por el mar, por los restos de los navíos hundidos que emergen en días de tormenta para que nadie olvide». Aurora estrecha lazos con el tenebrismo y clásicos como La posada de Jamaica, según Gonzalo Moure; con algunas escenas de La ventana indiscreta para Jorge Soto, con la leyenda del holandés errante para Ana Alcolea y con el ambiente claustrofóbico de Siempre hemos vivido en el castillo para Paloma González. ¿Por qué es tan inquietante? Daniel Hernández Chambers responde: «Quizá esté en el hecho de que todos sus habitantes, pese a que algunos sean inocentes, carguen con una culpa heredada de la que no pueden deshacerse. Aunque al decir «heredada» no me refiero exclusivamente a que les viene de sus padres o sus abuelos, sino a que flota sobre el lugar y lo impregna todo». 

¿Aurora o Nunca? ¿Aurora siempre?
Plena coincidencia: aún quedan recovecos y callejuelas de Aurora por descubrir. Mónica Rodríguez lo expresa así: «Nos queda mucho por contar. Este es solo el principio de Aurora. Ya existe, ya convive en nuestro imaginario con lugares tan reales como Macondo o Madrid y allí pasaremos nuevas temporadas para ahondar en sus paisajes, su gente…». Paloma González continúa: «Quedan tantas historias como habitantes tiene Aurora. Una vez que se escribe una historia, los personajes que forman parte de ella se quedan a vivir contigo para siempre. Ellos no paran de increparnos para que les demos continuidad. Y yo creo que su voz es muy poderosa». «¿Por qué no Aurora siempre?» pregunta Alfredo Gómez. Habrá que esperar a la próxima reunión de autores «aurorianos» para hallar respuesta.